Esta tarde caminando por San Isidro me tope con un incidente con sabor a accidente en plena avenida. Un auto había golpeado a una criaturita de no más de diez años que le vendía barras de cereal a los conductores y pasajeros cuando el semáforo estaba en rojo.
Lo curioso de esta escena es que lo autos habían avanzado y la gente seguía caminando, mientras la criatura recogía sus barras de cereal y lloraba sobandose la cabeza. Yo pase por su lado y mi corazón me obligo a detenerme, lo ayude a recoger las cosas y me acerque a revisarlo, no había sangre, no había rastro de golpe fuerte pero en sus ojos se veía un susto de aquellos que nos causan pesadillas por meses. Jamás podre olvidar el rostro de ese pequeño, reflejaba el dolor puro pero no el físico sino el del corazón. El dolor de estar solo, de estar asustado y de sentir la indiferencia de la gente a su alrededor. Pasados loa segundos más personas se le acercaron, entre ellos uno que decía ser médico y lo reviso. Su hermano llego al poco rato y entonces yo me fui.
Sin embargo no he podido borrar su imagen de mi mente y eso me obligo a escribir este post. No podemos ser indiferentes ante estas situaciones. No podemos ir por la vida diciendo como deben hacerse las cosas en la política o con la policía o con el sistema jurídico si es que ante las lágrimas de otras personas no podemos detenernos un momento a ayudar. Es cierto que siempre debemos estar pendientes de nuestro objetivo pero es cierto también que debemos siempre ayudar a los demás.
Esto no es más que un consejo. Siempre es bueno ayudar. Así creamos que no podemos hacer mucho, a veces eso que consideramos poquito es bastante para el de nuestro lado.
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